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jueves, 26 de junio de 2014

Miedo (Segunda Parte)

Era sábado por la mañana. Llevábamos tres días buenos. Las tres en casa, sin sucesos, sin miedo.

Había prometido dejar de beber después del último incidente en el que casi “caigo” desde nuestro décimo piso por la ventana y parecía que esta vez se lo había tomado en serio.

Mi hermana había bajado a la farmacia a por el jarabe de mamá y yo jugaba en nuestro cuarto con mi amiga María.

Empecé a oírla cantar desde mi cuarto. Por su tono de voz… por la extrema alegría que parecía sentir esa mañana… sabía que algo no iba bien, pero no sabía qué era.

Tenía el presentimiento de que algo estaba a punto de suceder. Como si ella fuera a estallar de golpe, casi igual que tres días antes, pero esta vez no era por sus palabras o por su cara, no era por como movía la boca al hablar o por sus movimientos… era su alegría la que me asustaba.

Nunca sabíamos cómo iba a reaccionar. Qué era lo que la hacía volverse un demonio conmigo. Por qué me odiaba tanto la mayor parte del tiempo.

Sabíamos que el alcohol no era bueno para ella. Que la hacía volverse cruel y despiadada. Estaba claro que cuando bebía me odiaba más aún. Pero ese día no había bebido. Habíamos hecho “búsqueda de escondites” y habíamos tirado todo el alcohol que habíamos encontrado. Nos habíamos quedado todos los días a su lado y yo había permanecido despierta cada noche para estar seguras de que no iba a probar el alcohol.

Olía a comida. No sabía lo que era. Hacía tanto que no comíamos nada cocinado que ya no distinguía apenas los olores de las cosas.

Entré en la cocina con María y miré el horno. Algo se cocinaba dentro pero la puerta tenía tanta grasa y suciedad que no se distinguía lo que había.

- ¿Qué haces mami? – pregunté. 

-¡Es que no lo ves, niña estúpida! – contestó ella mientras me miraba con sus enormes ojos llenos de odio.

Por un momento me quedé helada. Mirándola. Sus ojos eran negros de nuevo. Ese era uno de sus síntomas. Las pupilas se la hacían enormes y apenas se distinguía el bello color miel de sus iris.

Se acercó a mi lentamente, sonriendo - ¿No lo ves? – dijo con un tono de voz más suave. 
- No mamá, el horno está muy sucio y no se ve – contesté con apenas un hilo de voz saliendo de mi boca.

Entonces me agarró del pelo y golpeó varias veces mi cabeza con el horno - ¡Míralo de cerca! – gritaba una y otra vez mientras me golpeaba.

Yo intentaba zafarme pero no era capaz. El dolor era horrible y sentía que me ahogaba con la sangre que caía por mi garganta.

Escuchaba a María gritar “por favor” pero no distinguía claramente lo que estaba pidiendo. Los ruidos que había en mi cabeza y el dolor no me dejaban oír nada con claridad.

Sentí que caía al suelo y me golpeaba con algo. Oía voces, pero estaban lejos. Intentaba escupir la sangre para no ahogarme pero apenas distinguía si salía o entraba en mi boca. María seguía ahí, eso estaba claro, pero no me ayudaba.

Pensé en levantarme y salir corriendo pero algo me golpeó en el estómago y decidí que era mejor acurrucarme sobre mi misma intentando proteger mi cara. Apenas recuerdo los golpes, los notaba pero casi no dolían ya, en las espinillas, en el culo, en la espalda… simplemente creo que dejé de sentir nada y me quedé dormida.

Me desperté en mi cama, sola. No sabía cuánto tiempo había pasado. Intenté levantarme pero me dolía demasiado la cabeza.

Entró ella por la puerta con una taza en la mano. 

- ¿Como estás mi niña? – me dijo mientras se sentaba en la cama y me acariciaba el pelo – te he traído un caldo, bébetelo y te pondrás mejor.

Me ayudó a incorporarme y me colocó las almohadas para que estuviera más cómoda. Luego se tumbó a mi lado y siguió acariciándome el pelo mientras yo bebía el caldo que me había preparado. 

- Si no fueras tan torpe… – continuó diciendo – Voy a prohibirte que bajes por las escaleras para que dejes de caerte. Te quedarás en casa unos días conmigo para recuperarte. Solo son moratones. Una caída tonta de las tuyas. 

¿Dónde está Tati? – pregunté. 

- En el salón, viendo dibujitos. Ya la he dicho que duerma conmigo unos días para no molestarte. No debería estar tanto tiempo pegada a ti de todas formas, no la conviene.

Durante varios días solo las veía a ellas entrar y salir de mi cuarto. Me daban besos y abrazos y jugaban conmigo al cinquillo. Tati venía corriendo en cuanto llegaba del cole y se tumbaba a mi lado a contarme la multitud de cosas que la habían pasado durante el día. A veces no distinguía entre la realidad y lo que había en su cabecita de niña soñadora.

Al menos alguien salía ganando de todo aquello. Nuestra madre la había comprado ropa nueva y películas de dibujos.

El jueves me llevó al colegio después de comer. Entró conmigo en clase y le contó a todo el mundo que me había caído por las escaleras, y que el médico nos había dicho esa mañana que no podía hacer gimnasia ni jugar en el patio del colegio a nada, para no hacerme daño. Me dio un beso en la mejilla y me dijo: “Si te duele algo se lo dices a la señorita y vengo a buscarte”.

Salí la última de clase y busqué a mi hermana. No estaba por ningún sitio. Les pregunté a varios amigos y por fin uno acertó a decirme que se había ido con su mamá. Me habían dejado allí sola.

El camino a casa se me hizo eterno. El dolor insoportable de cabeza que había tenido durante todo el día estaba haciendo estragos. Seguía doliéndome mucho la cara y apenas podía abrir un ojo. Estaba tan agotada que empecé a llorar de rabia, de cansancio, de frustración, de furia… Me senté en un banco del parque Aluche y me quede allí un rato llorando y pensando en todo lo que había sucedido.

Probablemente Tati había llegado el sábado después de que aquella loca trastornada me golpeara y no sabía lo que había pasado. Con la ropa y los dibujos pretendía ganársela y separarla de mí. Sabía que poniéndola sus películas en el salón la tendría hipnotizada y además dormía con ella para protegerla de sus miedos nocturnos, como hacía yo cada noche. Quería quitarme a mi hermana.

No había bebido. No paraba de repetirme eso en la cabeza. Cuando no bebía sólo me insultaba, no me pegaba. ¿Entonces qué había pasado? Qué había cambiado.

No habíamos ido a ningún médico ningún día. De eso estaba segura. Pero ya se había encargado ella de que todos los niños y la profesora se enteraran de su cuento inventado. Ahora no servía de nada contárselo a nadie. Además yo ya tenía fama de niña imposible. Ya se había encargado ella de hablar con la directora a principio de curso para contarle lo mucho que yo la hacía sufrir y lo agresiva que era, por eso me habían cambiado de colegio.

Me llevó al cole después de comer. Tati no sabía que yo estaba allí. Por eso se fue. No podía enfadarme con ella. Era muy manipulable.

No había bebido. No había bebido. No había bebido. Estaba segura de conocer todos sus escondites, había vaciado cada botella. Repasaba mentalmente cada minuto de cada día. No la perdí de vista. No salió. No visitó a ninguna vecina. ¡Era imposible! ¿Cómo podía estar tan loca?. ¿Y si la loca era yo?. ¿Y si me había caído por las escaleras?. ¿Pero cuando, si yo estaba jugando con María?.


María. Ni siquiera había venido a verme. ¿Y si todo era inventado?. Tenía que hablar con María. Tenía que preguntarla a ella.