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domingo, 5 de marzo de 2017

Te presto mis ojos

Voy a hacerte un préstamo. Uno de esos que se hacen porque si. Te presto mis ojos para que te mires a través de ellos.

Verás algo completamente distinto a lo que sueles ver. Algo increíblemente bello.

Verás una mandíbula firme, robusta. Una boca dibujada con un pincel. Unos ojos expresivos, limpios, sobre todo limpios. Todo ello terminado con una perfecta nariz. Una nariz de esas que se pueden mirar desde cualquier perspectiva, porque irradia personalidad.

Tu frente es ideal pero tu perfil… tu perfil es sencillamente perfecto. A veces me pierdo en él mirándote mientras conduces.

Sigue mirando.

Recorre ese cuerpo firme, esos brazos largos y fuertes, esas manos tan bien esculpidas, esa espalda ancha y únicamente triangular, esas piernas definidas, rectas, increíblemente bellas…

No te quedes ahí.

Mis ojos ven más allá, mucho más allá.

Mis ojos ven lo que significa cada rasgo de tu ser.

Tus ojos son cariño, son amistad, son paz.

Tus piernas y brazos son calor, abrazos, seguridad.

Tu boca… tu boca es un beso. Siempre es un beso.

¿Creías que no vería más? ¿Sorprendido? Veo tu alma

Mira atentamente ¿Ves los colores y las sombras? Son sentimientos. También los ven mis ojos.

Amor, cariño, dulzura… frustración, miedo, inseguridad…

Tienes muchos, muy diversos, todos ellos te construyen a ti.

A veces, si miras a través de tus ojos, gracias a su limpieza, puedes averiguar qué sentimiento prima en cada momento.

Eres único como eres. Perfecto para mi porque yo soy la dueña de ojos con los que miras ahora.


Devuélvemelos, sólo te los presté. Quiero seguir mirándote con ellos.

A Manu

La noche eterna

¿Sabéis cuando entráis en pánico porque todo está descolocado en vuestro mundo en ese momento?. Probablemente no, es difícil saberlo si no lo vives.

Hoy he tenido otra de esas noches eternas en las que preferiría mil veces estar sola en mi casa. 

Demasiada gente, demasiadas voces distintas, demasiados besos, demasiado todo.

Tengo que dar gracias por la gente, eso está claro. Si hubiera sido con otras personas no habría aguantado ni media hora. En cuanto veo que empiezo a contar los platos con restos, los vasos de distintos tipos, el número de servilletas (hoy no cuadraban con las personas)… contar, si empiezo a contar, algo no va bien.

No era capaz de centrarme en ninguna conversación así que apenas podía mantener ninguna. Un par he mantenido y porque me han hecho el favor de hablar ellos/as.

Mierda de cabeza.

Hasta los cubiertos me han dado asco de repente, así que ya no podía pinchar más comida tampoco.

Luego mi cabeza ha ido al equilibrio en la mesa, claro, ha empezado a llegar gente y solo se sentaban en un lado, cada vez más gente, todos al mismo lado… así que la mesa parecía balancearse (parecía en mi cabeza porque estoy segura de que no se ha movido ni un milímetro.

“No se va a caer, te lo estás inventando”. Me he dicho a mi misma varias veces… Y luego los expertos dicen que no estoy loca.

Suele funcionar centrarse en la decoración. Tres tipos de materiales distintos en las paredes, una columna forrada de algún tipo de azulejo imitando piedra (piedras perfectamente rectangulares), un cuadro de frutas, demasiadas lámparas redondeadas, muy noventeras que iluminaban una mierda… ¡O no!... una tele plana entre dos cuadros horribles, a la misma distancia uno de otro pero creando un horrible desequilibrio en la pared... a la mierda la decoración. Ahora hay que eliminar paredes.

De repente unas bengalas en una mesa, todos cantando cumpleaños feliz y mister potato mirando la tarta desde la otra punta… Les habría apagado las bengalas en un ojo, pero no se debe hacer eso.

Volvemos a contar para relajarnos pero hay demasiado de todo y todo demasiado desperdigado. Restos de comida, muchos, demasiados.

¿Lo bueno? La gente. Curioso pero aunque apenas los conozco me produce tranquilidad mirar sus caras. Son buena gente. Asi que los miro, pero claro, intento que no sea demasiado porque eso hace sentirse incómoda a la gente por mucha paz que a mi me produzca.

¿Lo malo? Yo y mi cabeza… bueno y la decoración.

Mi chico me ayuda, eso también, pero me siento un poco entre la espada y la pared. A veces no se si ir a estos sitios o no hacerlo. Estar para no estar, como hoy, no sirve de nada. Haces que la gente se sienta incómoda por algo que no es culpa suya. Los tuyos tienen que estar pendientes de ti y de que no empieces a tirarte de los pelos (en mi caso hacerme heridas. Tengo una en la pierna y otra en la mano. Y llevaba pantalones vaqueros. No se cómo puedo rascarme tan fuerte).

Pero no estoy loca o eso dicen. No lo estoy… ¿comparada con quién?, me pregunto a veces. Una vez un psicólogo me dijo que tenía agorafobia y otro me dijo que tenía síndrome de estrés post-traumático… yo prefiero pensar que tengo pajaritos en la cabeza. Además, ni ellos se aclaran, se parecen a mis reumatólogos.

El caso es que estaba mejor. Mucho mejor. Pero desde el juicio todo ha vuelto a empezar. Como si hubiera dado un paso atrás gigante.

Sabía que no iba a entrar en el garito de después, pero… ¡joder!, es que ni he podido estar en la cena aunque estuviera de cuerpo presente.

Me siento fatal. Me he hinchado a llorar por el camino y luego en casa. No es justo. Cuando creo que me voy arreglando me rompo de nuevo y a volver a empezar. Y la gente… la gente no tiene por qué aguantarme. A veces creo que es mejor para todos que me meta en mi mundo. Creo que hago esto de intentarlo de vez en cuando por egoísmo. Lo hago por mi, por sentir que puedo vencerlo, pero no me parece muy justo para la gente que me rodea, estarían mejor si yo no fuera.

Hasta ha habido un momento en el que me he dicho “No me da la gana, me quedo a la cena y luego me tomo algo en el garito”. Pero me ha dado miedo. Mi cabeza ha empezado a recordarme que me va a dar ansiedad, me voy a marear o voy a vomitar… en fin habría sido un espectáculo para los presentes y me ha dado vergüenza. Así que me he dicho “nada, vete a casa y déjales que disfruten”.

Quiero volver a ver a mi chico pinchar. Quiero ir de nuevo a un concierto. Quiero… que coño voy a querer, tendré que aprender a ir a por el pan andando sin miedo, de nuevo.


De todas formas tengo que aprender a hacer mil cosas. Al menos se que ahora puedo entrar por la puerta de casa contenta y que dentro hay tres personitas que me hacen feliz. Algo es algo. Empecemos por ahí.

sábado, 4 de marzo de 2017

No escuchas


No escuchas a mi corazón. A veces pareces ciego, sordo, mudo… eres una pared donde rebotan mis frases perdiendo alguna miserable letra que acaba formando palabras en tu interior que no existían en mi cabeza.

No sé cómo hablar contigo y tu inseguridad. No sé cómo hablar con tus innumerables clichés. No soy normal, no me trates como si lo fuera. Jamás conocerás a nadie como yo. Ni yo me conozco a veces.

Hoy no quiero


“¿Y si lo dejarais qué te pasaría?” me preguntó.

“Que lo superaría y seguiría adelante” respondí yo.

“Claro que lo superarías Mia. Eso lo sabemos. Superar es tu especialidad. Los momentos difíciles te hacen fuerte, son tu casa, es donde te sientes tú misma, donde sabes siempre qué hacer, cómo actuar… Mia… y ¿si no lo dejaras qué te pasaría? ¿Y si encontraras el equilibrio fuera de tu soledad?”

“No lo sé, no sé lo que va a pasar si no lo dejo. No se tratar con gente así. Es curioso que salir de mi circulo de confort sea ser… normal… feliz”.

“No, nunca serás normal de esa manera, no de la manera en la que tu defines normalidad, pero serás tú, sea como sea, solo tú”

A veces me sirve. Otras, no me sirve de nada todo esto. Todavía no se ni qué coño tengo que aprender. Pero sigo perdida.

Hoy no sé qué quiero de ti, pero estoy averiguando qué quiero de mi poco a poco. Me veo sola. Lo siento. Lo digo con lágrimas en los ojos. Hoy me veo sola.

No lloro por sentirme sola. Ahí está mi seguridad. Lloro por no saber ya compartir mi tiempo con más personas entre las que te incluyo. Me falta tiempo, me falta vida, me sobran sueños…

Hoy no quiero renunciar a más sueños.

Repitiendo la misma historia


Últimamente voy dando bandazos. Los que me conocéis lo sabéis, no me centro. Llevo tres años así.

Estoy como agotada y lo estoy en el peor momento. He eliminado a toda la gente tóxica de mi vida que he podido, pero creo que me han desgastado demasiado y he perdido tanto el rumbo que ya no se ni por donde voy.

Mi vida me aburre y no sé por dónde empezar a cambiarla o qué puto lastre tengo que soltar ahora, a veces pienso que el lastre soy yo. Intento cambiar algunas cosas, pero me sale solo lo de siempre.

Me sale desde dentro, no puedo evitarlo. Hay cosas que no soy capaz de asumir en mi vida. Intento que mi gente no esté triste, pero a cambio de eso me pierdo en un mar de dudas, aburrimiento y obligaciones de nuevo y no se salir de ahí si no es mandando todo a tomar por culo y empezando de cero, pero me pregunto mil veces ¿Otra vez? Y mi respuesta es que estoy demasiado cansada para rehacerme.



Es como si llegara tarde a mi misma después de haber completado mil puzles que no eran míos y a mi no me aportaban nada.

Ahora mi puzle está desperdigado en mil habitaciones distintas, no encuentro las piezas, y siento que no tengo a nadie que me ayude a buscarlas tampoco.

Hoy me han hecho esa pregunta que tanto temo a veces ¿Estás enamorada? La respuesta es siempre la misma… “si, creo que si” después de un momento demasiado largo de silencio.

¿Estoy enamorada?

¿Estoy enamorada?

¿Recordáis un post escrito hace tiempo sobre mi compañero de viaje? ¿Y si la respuesta simplemente es que no existe? ¿Y si no estoy enamorada porque no se ni quién soy? ¿Y si no lo estoy porque todavía no se quererme?

¿Y si lo estoy? Jamás lo sabré, esa es la puta verdad. Si no se ni quien soy cómo voy a saber que siente esa desconocida absoluta.



El caso es que últimamente miro mi vida desde fuera y me sobro hasta yo. Como para aceptar la existencia de otro.

A veces solo quiero gritar. Siento que he desechado tanto malo en mi vida que ahora que soy relativamente normal no soporto los problemas de los demás.

Siempre he pensado y defendido que “para cada uno sus problemas son los más importantes del mundo y no se podían hacer comparaciones”. ¿Y si os dijera que creo que he estado equivocada en eso toda mi vida también?... como en tantas cosas…



Estoy viviendo mi séptima vida. La séptima. Estoy agotada. Y solo veo a mi alrededor gente que ni ha empezado la primera y a veces tengo ganas de gritarles “¡¡¡¡¡me da igual!!!!!”.

¿Por dónde empiezo? ¿Por llorar como dice mi reflexólogo? ¿Por encontrar mi propio camino como decía mi neurólogo? ¿Por buscar la paz interior como decía mi reumatólogo?

¿Y dónde encuentro todo eso? Como empezar diciéndole a algunas personas “si estás triste llora, pero no me lo cuentes a mi porque me he apagado. Ya no existo. No quiero seguir existiendo tal y como soy”.

Ni siquiera se hacerlo, lo que me sale es “si estas triste cuéntamelo, yo te ayudo”. Pero cada vez menos, cada vez aparto a más gente y aún así cada vez me encuentro menos a mi misma. Ya no puedo ni decir que estoy perdida en una multitud, ya no hay multitud.

No sé dónde está mi paz interior. No sé dónde está mi camino. Pero sé que quiero llorar y no encuentro ni el momento de hacerlo. Tengo millones de lágrimas contenidas que quieren salir por cada poro de mi piel, vivo sumida en la tristeza, en las cicatrices no curadas, en la mierda que me cubrió hasta el cuello mil veces y de la que saqué la cabeza para respirar cada vez que conseguí un poco de fuerza interior de alguna parte recóndita.

¿Y si os digo que tengo miedo de mis lágrimas? ¿Qué me aterrorizan más que nada en el mundo? ¿Y si os digo que cada vez que sale alguna la reprimo con todas mis fuerzas porque me enfurece no poder controlarlas ya?

En los últimos meses he conocido a muchos especialistas de mil cosas. Psicólogos, peritos, asistentes sociales, abogados… he repetido mi historia una y mil veces. La niña perdida con una madre esquizofrénica y alcohólica que tuvo que vivir de la calle para subsistir hasta que un puto juez decidió separarla de su hermana.

La adolescente perdida que intentaba recuperar a su hermana y vencer el odio que sentía por todo aquél que la abandonó y no quería ni escucharla.

La joven que recuperó a su hermana y se fue a vivir con un hombre que resultó no ser la persona maravillosa que sería.

La madre que nunca quiso ser madre y tuvo dos hijos que sacar adelante y a los que quiso por encima de sus deseos.

La mujer perdida que rompió con todo una y otra vez y que consiguió escapar de sus verdugos. “La mujer que vencía las mareas”. Eso último era de mi abuelo y poca gente sabe qué significa.

Me pasé la vida luchando por hacer sobrevivir a otros y esa lucha me hizo sobrevivir a mí, pero nunca supe cuál era mi motivo personal de estar viva, a veces ni siquiera he querido estarlo. Sin embargo, nunca me dejé caer por ese precipicio, siempre tenía un motivo, el que fuera, para seguir en esta mierda de mundo.

A veces se me acabaron. No voy a engañar a nadie a estas alturas. Nadie sobrevive a todo aquello sin heridas, sin cicatrices profundas, sin miedo, sin perder el norte en mil ocasiones.

A veces se me acabaron… y me inventé los motivos.

Estoy cansada de la cara de la gente al escuchar mi historia. La tengo escrita en un libro incluso. Uno que al final no tendré valor de publicar.

“¿Qué hacías en invierno?” - me ha preguntado la asistenta social.

“Llorar de frio” - he contestado hoy. ¿Y qué queréis que responda a estas alturas?

Todavía me quedan los abogados de la semana que viene y la psicóloga del centro de la mujer. Volver de nuevo a todo aquello me está matando y cada vez que pienso que me quedan años de contar esto una y otra vez...

A veces se me pasa por la cabeza decirles a todos “mi vida ha sido feliz, única, llena de experiencias positivas… y un día di con un maltratador”. Pero lo cierto es que no fue así. Lo cierto es aquél hombre sólo fue una pequeña gotita en un mar inmenso.

“¿Por qué aguantaste?” - Por qué podía.

Porque conocí el infierno, porque sabía qué era el miedo real, el sufrimiento, la tristeza absoluta, la frustración continua, la duda, el dolor emocional y físico… porque no conocía otra cosa y aquello, ese hombre, aún con su machismo, con su egoísmo, con su gran sentimiento de inferioridad, con sus múltiples inseguridades, con su adicción, con sus insultos, con sus agresiones, con todas sus barbaridades, él, mi quinta vida… era lo más parecido a un mar en calma que había conocido. ¡Joder! ¡Yo navegué putas tempestades en mis vidas anteriores!

Sólo divago. Necesito ver montañas. Montañas altas que me ayuden.

Supongo que mi pasión por las Montañas viene de aquella infancia tan temprana. De mi afición por subir la Atalaya. Creía que allí, en lo más alto, sola, era la reina de mi mundo. Que allí nadie podría tocarme, nadie me heriría nunca.

Viene de cuando lloraba escondida en los árboles, al pie de una montaña, en aquello que siempre me parecieron sus enormes brazos arrullándome y diciendo “sigue, estoy aquí contigo, no estás sola”.

Incluso en la calle años después buscaba los árboles para llorar y recordaba mi montaña.