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viernes, 13 de junio de 2014

Miedo

A veces recuerdo el bosque en el que vivía. Tan oscuro, siniestro, aterrador…

De aquella época de mi infancia recuerdo el miedo, sobre todo, ante todo, el miedo.

Había soledad, tristeza, hambre, frío… pero el miedo… era aterrador. Lo cubría todo con su manto. Era infinito. Me desbordaba.

Me decía todos los días que tenía que seguir. Fuera como fuera. Pero la mayor parte del tiempo no encontraba la manera. Tenía fuerzas, pero el mundo estaba dándome la espalda y el miedo… me rompía cada noche.

Tenía apenas 13 años y sentía que mi vida se acababa. Que estaba sola. Que nadie me querría nunca. Había hecho algo que jamás habría podido evitar… nacer. Y eso había marcado toda mi existencia.

Nacer había sido mi castigo y el de muchos. Por nacer, la vida de otros había acabado. Por nacer, era la culpable de los males de  aquellos que debían quererme. Por nacer… el mundo… se había vuelto negro.

Pensaba en la muerte constantemente. Pero algo dentro de mí me pedía que siguiera adelante. Algo me decía que, en alguna parte, escondida, recóndita, lejana… yo encajaría, como la pieza de un puzle, y mi existencia dejaría de ser una tragedia.

Mi cabecita y yo estábamos solas. Diseñábamos estrategias de supervivencia y funcionaban. Yo seguía a pesar de todos, incluso de mi misma, en este mundo.

Miraba a otros niños de mi edad en los parques, jugando, corriendo, riendo… imaginaba sus vidas y me hacía protagonista de ellas. Escuchaba sus nombres y, en mi cabeza, me hacía su amiga. Sin tocarles, sin acercarme. Sin hablarles. Para no romper su felicidad con mi presencia. Para no causar dolor.

Cuando los parques quedaban vacíos jugaba en ellos. Yo sola. Imaginado que todos aquellos niños me rodeaban, me sonreían, me aceptaban y compartían sus risas conmigo. Hablaba con ellos, decía sus nombres y, en mi cabeza, ya no estaba tan sola.

Luego, al llegar la noche, volvía el miedo.

Apenas dormía. Siempre tenía que estar alerta. Pasaba las noches ideando la manera de conseguir lo que mi hermana y yo necesitábamos. Comida. Ropa. Material escolar…

Tenía una relación de portales donde dejaban ropa para la Iglesia y me colaba en ellos para buscar ropa de abrigo.

Pedía dinero para el autobús a la gente por la calle… y me lo gastaba en bocadillos. Nos colábamos en el supermercado del barrio y comíamos a escondidas entre los estantes. Íbamos a ver a vecinos a la hora de la comida, con la excusa de que nuestra madre no estaba y se nos habían olvidado las llaves. Siempre acaban poniéndonos un plato en su mesa.

Un día salimos de la casa de la vecina de al lado y bajamos en ascensor al bajo, para luego subir de nuevo al rato y entrar en casa. Mi hermana siempre me seguía, sin decir nada. Si yo lo hacía ella también.

Saqué las llaves de mi mochila y abrí la puerta de casa. Entonces mi hermanita me pegó un tirón del brazo, me miró fijamente y me dijo: “Siempre dices que mentir está mal. ¿Por qué mientes tú a los vecinos entonces?”

Yo me quedé petrificada. Mirando a esa niña que no apartaba sus grandes ojos negros de mi cara. Y la dije: “Porque lo necesitamos. Pero nunca te mentiría a ti. Somos un equipo. Jamás me mientas y tampoco me delates”.

Mi niña me regaló una de sus hermosas sonrisas. Me dio un abrazo y me dijo uno de aquellos “Te quiero mucho, Tati”, que te llenaban de amor al instante.

Me pasé aquella tarde pensando si lo que estaba haciendo, lo que la estaba enseñando, era correcto. Pensaba si aquella pequeña desaliñada, cariñosa y débil no era otro de esos seres cuyo mundo mejoraría si yo no estuviera.

Ella tampoco tenía amigos. Sólo me tenía a mí. Otra niña, que intentaba hacer de madre, sin saber por dónde empezar. Una niña que tomaba decisiones por las dos y la llevaba a cuestas, cual mochila, por caminos que no estaban hechos para un corazoncito tan grande como el suyo.

Sin usar las palabras, sin darla explicaciones, la estaba enseñando a robar, a mentir, a fingir… pero yo no encontraba otro camino. Me decía a mi misma que era la única manera de sobrevivir pero sabía que había otra, una en la que probablemente nos separarían, y yo no podría protegerla, pero tampoco hacerla daño. Al menos tendríamos ropa y comida.

Habían pasado demasiados años así y yo estaba muy cansada. A veces sentía que caminaba por inercia, sin rumbo, sin sentido y que sólo esa pequeña criaturita era capaz de levantarme cuando me caía.


Quizás mi niña era más fuerte de lo que yo pensaba. O quizás yo era más fuerte gracias a ella y ella lo era, gracias a mí. Fuera como fuese, éramos un equipo y estábamos completamente solas. Si la perdía mi mundo se acabaría. Eso me daba más miedo aún.