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domingo, 29 de diciembre de 2013

El perdón

La sociedad te enseña que hay que perdonar. Si no perdonas no puedes ser feliz, tu corazón no está en paz. Pero no es cierto.

Hay cosas simplemente imperdonables. Aprender a no odiar no significa perdonar. Significa no desearle a lo demás lo que te ha ocurrido a ti. Eso es lo que te hace mejor persona. Perdonarlo todo te hace simplemente estúpido.

Hay mucha gente en mi situación que se auto castiga a si mismo pensando que, por el hecho de no poder perdonar algo, no es buena persona. Hay otros que se obligan a si mismos a perdonar verdaderas atrocidades, buscando precisamente la paz interior de la que tanto hablan los demás, pero jamás la encontrarán.

En mi caso, aunque hubiera querido, jamás habría podido perdonar, porque los que me hicieron daño nunca se disculparon. Sólo se justificaron, una y otra vez, con un millón de excusas absurdas, esperando de alguna manera que les diera mi comprensión.

Con el tiempo aprendí a no odiarles, no desearles mal alguno. Bastante tenían con ser como eran. Pero jamás les perdoné, y nunca les dejé volver a entrar en mi vida. Fue una promesa que me hice a mí misma. Me lo debía.

Estuve a punto de romper esa promesa hace un año. Me llamó mi abuela biológica. Estaba en una residencia de día, sus hijas no la querían y no le quedaba nadie más. Fui a verla después de llamarme varias veces llorando. Estaba en una silla de ruedas, olía como si no la hubieran lavado en semanas y era incapaz de dejar de llorar.

Repetía una y otra vez lo equivocada que estaba, lo que había ayudado a sus hijas y como se lo habían pagado. Por las noches la llevaban a su casa, donde vivía también mi madre biológica. Ésta la tumbaba en una cama, cerraba la puerta y no volvía a verla hasta el día siguiente. Me contó que se hacía sus necesidades encima y tenía que pasar toda la noche con ellas, hasta la mañana siguiente en que la vestían, la limpiaban sus partes y la llevaban a la residencia de nuevo.

En sus tiempos había sido una mujer muy fuerte, con mucho carácter. El centro de su familia, una familia completamente matriarcal que se guiaba por sus órdenes, la mayoría de las veces injustas. Su hija favorita había sido mi madre biológica, una alcohólica y drogadicta con graves problemas de esquizofrenia, a la que había mimado y malcriado desde que nació. Defendió todas sus locuras y atrocidades. Jamás se enfrentó a su hija, ni cuando la vida de otras personas había estado en juego, al contrario que mi abuelo, que incluso cuando estaba agonizando en el hospital, fue capaz de seguir diciéndole a su hija que jamás la perdonaría.

Mi abuela había criado alimañas. Bichos que solo se movían por la codicia y el dinero. Y por alguna extraña razón había esperado que lo ha desecharan cuando fuera vieja y no sirviera para nada. Pero se equivocó. Repartió su herencia en vida y obviamente, dejó de ser útil. Más aún cuando sus hijas discutieron por un reparto que les parecía injusto.

Fui a verla dos o tres veces más, pero luego dejé de hacerlo. No tenía sentido. Me daba pena esa pobre mujer. Nadie debería pasar en esas condiciones los últimos años de su vida. Pero había sido muy cruel conmigo años atrás y yo, simplemente, no podía perdonarla.

Morir así, es una tragedia, pero es cierto el refrán que dice “cría cuervos, y te sacarán los ojos”. Cada uno cosecha lo que siembra, y por mucha pena que me diera, no era suficiente como para malgastar un minuto de mi tiempo a su lado.

Es curioso como en las películas, al final, cuando el ser cruel está muriendo, los demás le perdonan. Siempre al final, se re-encuentran para eso. Y parece que ambos acaban felices. El malo por ser perdonado y poder ir al “cielo”. El bueno,  por perdonar y demostrar así ser mejor persona. Es una patraña.

La vida real no es así. Si quieres arreglar algo, tienes que hacerlo en el momento, no cuando te vas a morir, no por una creencia que te impide ir al cielo si no eres perdonado. Si tu corazón es sencillo y te arrepientes de lo que has hecho, simplemente pides perdón, y no lo haces para conseguir algo a cambio, no para ser redimido en el último momento, ese es otro acto egoísta de aquellos que tienen mal corazón, querer ser perdonado para conseguir algo a cambio, algo que sólo “les beneficia” a ellos, y no al que perdona.

A mis hijos les he enseñado que cuando haces daño a otro debes pedir perdón, si lo sientes de verdad, pero el hecho de hacerlo no obliga al otro a perdonar, dependerá del daño producido.


Todos tenemos que vivir con las consecuencias de nuestros actos.