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domingo, 19 de enero de 2014

Recuerdos Buenos (parte I)

Mi vida está llena de recuerdos bellos a los que puedo aferrarme. Veréis, en ocasiones, las cosas son difíciles y las personas son crueles. Algunas despiadadas. Pero nadie aguanta un infierno toda su vida, a veces, incluso esas personas te aportan momentos bellos que jamás olvidas.

Los que me conocen sabrían hacer un listado de personas crueles que han pasado por mi vida. Algunas de ellas verdaderamente crueles. Y sin embargo, incluso de esas personas puedo contaros momentos increíbles.

A mi me ayuda recordar ese tipo de cosas, porque hace que vea que incluso las personas a las que odio, incluso en los peores momento de mi vida, hubo cosas buenas.

La gente negativa suele tender a generalizar sobre las catástrofes de su vida. Lo convierten en un todo y acaban sintiendo que su vida ha sido negra, espesa y fría volviéndose ellos tan negros, espesos y fríos como sus recuerdos.

Eso es horrible. Todos deberíamos hacer un esfuerzo por recordar cosas buenas, incluso en momentos desastrosos.

Os voy a contar tres recuerdos de mi madre biológica. Todos buenos y locos (porque de la cabeza no estaba muy bien la señora).

Ella conducía un Renault 6 super antiguo heredado de mi abuelo. Yo debía tener unos 10 años aproximadamente, quizás 9. Estábamos llegando a casa, creo que de casa de mis abuelos y el coche no paraba de calarse. Justo en un cruce de Aluche, bastante concurrido, que en aquella época no estaba regulado por semáforos y que no tenia rotonda, se caló definitivamente. Nos quedamos atravesados en el cruce bloqueando el paso a todo el mundo. Los conductores nos pitaban y ella empezó a cabrearse por la impaciencia de los demás así que, en un momento en el que estaba completamente harta, la entró la risa. Tenía una risa hermosa, contagiosa. Salió del coche, nos abrió la puerta y nos dijo “venga, fuera, nos vamos”. Recuerdo que la pregunté que qué hacíamos con el coche y me dijo “pues aquí se queda, parece que es lo que quiere no?” y me guiñó un ojo. Nos cogió a cada una de una mano, cruzo toda la carretera y siguió andando por la acera, orgullosa, como siempre, con su contoneo de caderas, que casi parecía una burla al resto de conductores. Todos la gritaban por la ventanilla y la insultaban y ella hizo caso omiso hasta llegar a casa. Yo los miraba y ella me dijo, sin mirarme “levanta la cabeza, anda recto e ignora a los buitres, que se jodan o que muevan el coche ellos”. Es curioso, pero en aquel momento me sentí orgullosísima de ser hija de una mujer como esa.

Un día de navidad, no recuerdo bien cual, pero yo debía tener unos 7 u 8 años, mi madre se levantó de un humor increíble. Íbamos a pedir el aguinaldo a los vecinos y ella decidió que si lo hacíamos tenía que ser como nadie lo había hecho nunca, que para eso éramos sus hijas. Con papeles de colores cortados en tiras y un mayot de ballet nos hizo disfraces preciosos de hawaianas, a nosotras y a nuestras amigas del bloque. Nos preparó una coreografía y la estuvo practicando con nosotras toda la mañana. Después nos pintó la cara a todas (dibujaba genial). A mi me hizo dos alas de mariposa enormes que ocupaban toda la cara. Mi nariz era el cuerpo de la mariposa y mis ojos formaban parte del dibujo de las alas. Pasamos toda la tarde y parte de la noche haciendo nuestra coreografía a todos nuestros vecinos para pedir el aguinaldo. Y todas las niñas del barrio hablaban de lo guay que era nuestra madre.

El tercero siempre ha sido mi favorito. Conchi tenía que cambiar los muebles de la casa cada dos por tres porque la saturaban y la volvían loca, decía. Ese día los habíamos cambiado de sitio todos muchísimas veces y nada la gustaba. Todo estaba mal, no encajaba en su cabeza. Entonces se fue de casa y nos dejó solas. Pensábamos que estaba enfadada, que habría ido a beber, y que cuando volviera nos esperaba un desastre. Pero volvió con un montón de oleos de distintos colores, cogió sus pinceles y nos dijo “sabéis cual es el problema?. Los muebles. Son horribles. Vamos a hacerlos bonitos otra vez y así los pongamos donde los pongamos quedarán genial”. Nos explicó que teníamos que dibujar en cada mueble lo que nos apeteciera y pintarlos como nos diera la gana. Estuvimos toda la tarde pintando y bailando. Fue increíble.


Claro que puedo contar mil recuerdos buenos de otras personas, pero no es eso mucho más fácil?.