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jueves, 22 de mayo de 2014

Aprendiendo a Perder

“Aprender a perder es abandonar el campo de combate para no volver jamás; de cierta manera es olvidar el futuro… El que renuncia deja de esperar, por eso la resignación sana es ausencia de deseo y un paso a la sabiduría”. Walter Riso

Aprender a perder es borrar tus sueños de un plumazo. Es dejar un vacio dentro, perder el rumbo a sabiendas de lo que estás haciendo, para ir en busca de uno nuevo.

Cuesta tanto hacer eso… A veces nos hacemos daño persiguiendo unos sueños o unas metas inalcanzables. Nos hacemos tanto daño que la herida permanece ahí toda la vida. Como una cicatriz que te recuerda que, de vez en cuando, tienes que aprender a perder y experimentar esa confusión que se siente cuando todo se rompe.

Yo aprendí eso de joven, muy joven.

Creo que fue la primera lección que me dio la vida. Me pasé años queriendo a alguien que me odiaba, pensando que si yo cambiaba de alguna manera conseguiría que ella cambiara también. Caí muy bajo, tanto que dejé de apreciar mi propia vida.

Qué difícil es sentir todo aquello, recordarlo todavía duele. Me convertí en alguien que jamás quise ser por no rendirme a tiempo. A veces el amor no basta, ni siquiera el de una niña a su madre.

Al principio me pasaba los días intentando ser perfecta. Aprendí a hacer todas las tareas de la casa por ella. La daba todo mi cariño, al principio, con todo mi corazón, después con toda la desesperación del mundo.
Era demasiada presión. Teníamos que buscar comida y ropa, mantenernos solas y además luchar contra su furia y nuestro cariño hacia ella. Es curioso cómo se puede querer a alguien que te hace tanto daño.

Con 12 años ya había perdido toda la ilusión. Mi vida se centraba en que sobreviviéramos y que ella nos quisiera de alguna manera. Veía la vida de mis amigas, jugando con muñecas en el parque y sentía envidia. Pero seguía mirándome al espejo todas las mañanas para decirme: Tú puedes, tú eres capaz, tú eres invencible.

A veces me lo decía llorando, intentando convencerme a mi misma de que yo iba a triunfar donde otros fracasaron, por el simple y estúpido hecho de ser su hija.

No rendirme me hizo llegar a la locura total. Me vi con casi 14 años durmiendo en la casa de campo, muerta de frío y de hambre. Me vi suplicándola que me quisiera. Me vi amenazándola con suicidarme si no dejaba todas las drogas…

Toqué fondo con 16 años. Perdida en mi fracaso, pero sin saber rendirme. Un día, en uno de sus ataques de locura, me vi frente a ella, primero animándola a que se tirara por una ventana, después incitándola a que me matara a mí, pero deseando dentro de mí, que ella se rindiera y cambiara.

Jamás lo hizo. Nunca oí de ella otra cosa que no fuera “lastre”, “carga”, “estúpida”, “inútil”…
Sin darme cuenta mi amor se había convertido en odio, mi lucha en un suicidio, ya no tenía ni un solo objetivo en la vida.

La abandoné definitivamente con 19 años. La di por perdida cuando me di cuenta de que había perdido toda mi infancia y mi adolescencia intentando conseguir una victoria en una batalla que nunca había sido mía. Sentía que había perdido toda una vida luchando por quien no se lo merecía y perdiendo a quien sí me quería.

Me prometí que jamás llegaría a eso otra vez. Nunca tan lejos. Perder no era malo si para ganar tenías que destrozar toda tu vida. Me repetí mil veces que me daría por vencida mucho antes la próxima vez.

La segunda oportunidad me llegó con mi ex marido. Le dejé cuando todavía le quería, cuando todavía me quedaban mas ases en la manga, más oportunidades que dar. Decidí que las oportunidades tenían que ser para mí, no para él.

Al principio me costó. Todavía esperaba algo de él. Algún gesto. Algo que me hiciera volver a ver al hombre que fue, o al que yo creí que había sido. Me justificaba cada vez que él me atacaba por cualquier tontería. Todavía mi cabeza me decía “tu le has provocado, suaviza las cosas, ya sabes como es”. Me costó mucho decirme basta, hasta aquí hemos llegado.

Me vi llorando en un parque con mi familia meses después del divorcio, diciéndoles que de repente me había perdido otra vez. Que me había equivocado otra vez, que había luchado demasiado tiempo por un imposible. Que tenía miedo de volver a querer, porque siempre me equivocaba en mis elecciones. Que ya no era tan fuerte, ni tan joven, ni tan nada. Que estaba cansada, estaba agotada. Que me sentía vacía.

Aprender a perder es duro. Desistir de tus sueños, del futuro que tú has querido para ti. Darte cuenta de que nunca llegará, de que no se pueden soñar imposibles, te deja agotada, exhausta.

Durante un tiempo vives fuera de tu propia vida, como si fueras una invitada, una mera espectadora, sin querer experimentar demasiado, ni querer demasiado, ni odiar demasiado. Buscando creerte otra vez que tú puedes, que eres capaz, que eres invencible.


Creo que estoy aprendiendo a perder y cada vez lo hago mejor. Puede que ahora esté preparada para querer un poco, odiar otro poco y experimentar algo. Creo que volveré a equivocarme, pero ahora no me importa tanto, porque soy invencible siempre que sepa perder para volver a encontrarme.